Nos veremos pronto

Se levantó por primera vez en una cama desconocida. Las sábanas blancas cubrían más que su cuerpo desnudo; era una sensación de vértigo lo que se escondía debajo de ellas. No era el simple miedo a caer, sino la adrenalina de encontrarse en la orilla de un precipicio. La luz tenue que atravesaba las cortinas la dejaban ver sólo las formas que llenaban la habitación; en busca de un vaso con agua, encontró una pelota anti-estrés que tomó en seguida para matar el tiempo; él todavía no despertaba de la noche que apenas horas antes había terminado.

     Se quedó mirándolo por unos minutos para acostumbrarse a su rostro, y como un hábito consecuente de los placeres de la noche, recargó su cabeza en el hombro de aquel extraño; mientras seguía moldeando la pelotita suave, redonda y casi adictiva que sujetaba en la mano izquierda.

     −Valeria, ¿ya te despertaste? –murmuró Andrés mientras acomodaba el cuerpo de ella bajo sus brazos−. ¿Cómo dormiste? O en realidad, ¿dormiste algo?

     −No mucho… ¿Vamos a desayunar? ¿Qué queda cerca de aquí? –respondió con un tono dulce que complementó con un beso en su hombro.

    Ella seguía manipulando aquella pelotita. Su textura era suave; se colaba entre sus dedos creando nuevas formas, como si hubiera existido sólo para ese momento; pero sabía que al soltarla retomaría su forma original: redonda, sin complicaciones, llena de aire, lista para ahogarse de nuevo entre sus manos cuando ella la necesitara. Dejó a en el buró aquel objeto y sintió como la ansiedad de la que se apoderó de ella en la mañana regresaba a su cuerpo, pero esta vez el sentimiento era menos impulsivo… casi como si necesitara esa inquietud para alcanzar una tranquilidad momentánea.

     Volvió su cuerpo al de él. Comenzó a besarlo tiernamente, queriendo sacar la nueva ansiedad que se apoderaba de ella. Sus labios sabían a nuevos; un beso diferente, tierno y casi amistoso  que llenaba los recuerdos de otros besos deseados; el cuerpo de Andrés le daba una tranquilidad momentánea, sus abrazos le dejaban respirar de nuevo, sentía que podía manipular sus movimientos para llegar a una perfecta sincronía de cuerpos.

     −Me gusta tu sonrisa –dijo Valeria para concluir la actividad en la cama.

     −A mí tus ojos –respondió él para regresar el cumplido. Luego se levantó de la cama y se puso algo de ropa.

     Salieron a la calle. El sol de la mañana les recordaba de forma hostil los placeres de la noche. En cada paso, la distancia entre ellos iba creciendo; al salir de la cama los cuerpos dejaron de encajar perfectamente y volvieron a pertenecer a si mismos. Valeria volteó su mirada hacia Andrés; se dio cuenta de que él no había cambiado: seguía siendo el chico de la sonrisa linda y palabras precisas con quien bailó en la luna anterior; con el alma libre, la actitud liviana y sin complicaciones; independiente pero listo para ahogarse en el cuerpo de Valeria cuando lo necesitara… algo sencillamente asertivo para ese momento… justo como aquella pelotita antiestrés que dejó en el cuarto desconocido y que tal vez volvería a sus manos en otros futuros.

     −La pasé muy bien ayer –le susurró Andrés al oído−, ¿nos veremos pronto?

     Valeria respondió con una sonrisa.

     −Pronto será…

amarillo

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