En la mayoría de los casos terminan regresando

 

Maquillaje: Cecilia María

La cafetera hace un ruido que sólo las cafeteras saben hacer, no es un rechinido, tampoco es un goteo; es parecido a un burbujeo pero más grave, rasposo, como si quisiera decir algo sin poderse expresar. Hace ese ruido porque el agua se pasea por sus entrañas cambiando el estado de su materia rápidamente: de líquido a vapor, de vapor a líquido. El agua recorre sus filtros llegando a los 95 grados celsius, lo suficientemente caliente y en el punto justo antes de la ebullición, ya que si el agua se pone a hervir, el café se quema, y el café deja de ser café.

       Estaba sentada en el sillón de la sala, viendo hacia afuera a través del ventanal que tenían del piso al techo, con doble vidrio para que no entrara tan fuerte el sonido de la ciudad, pero lo suficientemente amplio para poder ver las montañas de un lado y la caída del sol del otro. Era un departamento pequeño, tenían lo suficiente para decir que sostenían una vida “bohemia” aunque claro, nunca faltaba la botella de Tequila Dobel Diamante sobre el refrigerador, o los zapatos Steve Madden tirados en la recámara. Entre sus posesiones se encontraban todos los electrodomésticos: un refrigerador amplio, microondas, horno, lavadora y secadora, además su pequeño hogar contaba con el espacio adecuado para la sala, un comedor y tres cuartos. Uno era el de ellos, otro lo tenían disponible para las visitas y en el tercero un estudio. En el último había una mesa para dibujar, un banquito de aluminio cromado, lápices, marcadores, reglas y cualquier cosa necesaria para que una o dos mentes creativas pudieran convertir sus ideas en objetos sin utilidad específica, tarjetas de presentación, logos, posters, portadas de discos, diseños para camisetas y cualquier ilustración alternativa para el nuevo mundo hipster. ¿Se podría vivir de eso? Ellos decían que sí.

      El olor a café llegó hasta la sala con tan sólo media cafetera llena. Sintió cómo el aroma abrazó sus entrañas y con un sentimiento de tranquilidad se levantó y fue hacia la cocina a servirse aquel café orgánico que les mandaba un amigo de Zacatecas. Se paró de puntitas para tomar la taza de la repisa que estaba sobre el fregadero, sacó la jarra de la cafetera y se sirvió hasta la mitad de ésta. El doctor le dijo que evitara la cafeína después de las seis de la tarde y eran quince para las siete. Tuvo cuidado de tomar sólo de un lado de la boca, pues el otro aún le lastimaba un poco.

     Se acostó a medias en el sillón frente al televisor aunque estuviera apagado; pensaba en cómo había dejado de hablar por tanto tiempo con su familia; difícilmente se acordaba de la última vez que salió con su hermano chico al cine, o fue a casa de alguno de sus padres a comer, o viajar en familia, ni se diga. De lo que es capaz la envidia, pensó. Ella tenía su vida independiente, era exitosa y las personas que se encontraban a su lado apoyaban sus decisiones y no sólo la querían para su beneficio; eso le repetía Eduardo cada vez que Lorena soltaba un suspiro al aire; él fue el único que la había hecho caer en cuenta de lo fácil que se le hacía a sus hermanos estirar la mano para pedirle dinero o algún favor sólo por ser la hermana mayor.

      Con una media sonrisa recordó el día que diseñaba la portada del disco de Eduardo. Él, tocaba la guitarra en el cuarto de visitas sin camisa, pues preferían no prender el clima si quitarse la ropa era suficiente para soportar el calor; ella, en el estudio, dibujaba. Se había graduado dentro de los cinco promedios más altos de su generación y la única con trabajo asegurado antes de graduarse. Bueno, al menos la única con un trabajo real, sin pertenecer a la empresa familiar, como era el caso generalmente.

     Se acordaba de ese día y no entendía lo rápido que pueden cambiar las cosas de un estado a otro. No lograba descifrar ese elemento intangible que se incorpora entre dos seres humanos al tener una conversación que hace que se sientan atraído el uno al otro. No siempre aparece, y nadie decide involucrarlo, simplemente nace y de pronto está ahí haciendo inevitable el sonreír y acercarse un poco al otro; si se puede, tener un poco de contacto físico o hacer un gesto con los ojos: ese detonante que hace sentir cómo el cuerpo aumenta de temperatura y dan ganas de quitarse el suéter. Sonrió sin darse cuenta, hasta que la molestia en el ojo la obligó a ponerse seria de nuevo. Llevó la mano a su cara y con sus dedos se tocó el lado izquierdo de su rostro, suavemente sintió la piel hinchada desde un lado de la frente hasta la mitad del cachete por debajo de su ojo. Le dio un poco de calor y se quitó el suéter. ¿Cómo cambian los estados de las cosas? Su café ya estaba frío.

      Llevaba dos días sin dormir. La cama le quedaba grande y su cabeza parecía demasiado chica para el tamaño de sus pensamientos. Disfrutaba el momento antes de dormir en donde tenía que ponerse crema en sus heridas, tenía mucho tiempo sin consentirse, y ahora tenía que hacerlo; se tomaba el tiempo para masajear sus piernas, después con el brazo derecho hizo un masaje en el izquierdo como le había indicado la enfermera, fuerte, solo así se iban a desaparecer los moretones. Finalmente pasaba al área del rostro, ahí lo hacía con mucho cuidado y al verse en el espejo no podía evitar tratar de cubrir las heridas con maquillaje aunque fuera para dormir. Se acostaba, sólo por que tenía que hacerlo; sólo porque llevaba dos años yéndose a la cama a esa hora, tenían ya una rutina. Pero ahora, se quedaba viendo su cuarto, dos burós, dos toallas, el closet compartido a la mitad, dos lámparas de noche, un libro bajo cada una, un baño, dos cepillos de dientes, una sola pasta, un peine, una esponja en la regadera, un jabón para el cuerpo, una toalla para secar las manos, un espejo. Qué difícil es dormir cuando hay tantos olores, pensaba. Vio por la puerta que la sala se empezaba a iluminar, el sol estaba saliendo. Se paró de la cama, fue a la cocina y puso café. Salió por el periódico –lo dejaban en la puerta del departamento así que no había necesidad de ir hasta afuera–. Leyó todas las noticias, sin digerir ninguna, pero pasó toda la mañana hojeando cada una de las secciones del periódico, como si fuera tarea. Terminó y lo puso en la despensa con los demás con la intención de mandarlos reciclar. Entonces sonó su celular, era Roberto, amigo de Eduardo.

     –Bueno.

     –Qué onda, ¿cómo amaneciste?

     –Bien, gracias ¿y tu?

    Así hablaron durante unos minutos, de hecho, fue una conversación muy relajada, se sentía como si nada hubiera pasado, como si todo estuviera bien. Hasta que Roberto le preguntó lo que realmente quería saber.

     –¿Has sabido algo de Eduardo?

     –No.

     –¿Sus papás no te han hablado?

     – No, hablé con su hermano hace como dos días, ese día que se fue de hecho.

     –Ya. No te preocupes, en la mayoría de los casos terminan regresando –dijo Roberto, con la sabiduría de la persona que da el noticiero matutino cuando informa las cifras de la última marcha en el Zócalo.

      La cafetera hizo un ruido muy fuerte, comenzó a salir mucho vapor y produjo un olor a quemado; se calentó tanto que el agua cambió de estado demasiado rápido y quemó el café. Sacó la jarra y se lo sirvió en la misma taza que había usado el día anterior, el café estaba quemado, pero aún así se lo tomó.

      Aquel día, durmió la noche entera.

moradoamarillo

 

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